
Razones para un moderado optimismo sobre Haití
Por Nelson Marte
La pasada semana dejó señales alentadoras en torno a la compleja situación que vive el vecino Haití, asunto de profundas implicaciones para la República Dominicana.
No se trata de caer en triunfalismos ni de ignorar la magnitud de la crisis, pero sí de reconocer hechos que permiten albergar un moderado optimismo.
Haití continúa sometido al dominio de bandas criminales que controlan alrededor del 85% de Puerto Príncipe y zonas aledañas, es decir, la franja más poblada y económicamente activa del país. En esos territorios imponen su autoridad sobre barrios enteros, vías de acceso, mercados, puertos y rutas hacia el aeropuerto.
Su influencia también alcanza localidades estratégicas como Mirebalais, Belladère y Malpasse, puntos clave para la comunicación con nuestro país y para importantes actividades económicas haitianas. Quien comercia o simplemente transita por esas áreas suele verse obligado a pagar peajes extorsivos o tributos ilegales a grupos armados que, en la práctica, operan como gobiernos locales.

Frente a esa dramática realidad, la comunidad internacional ha comenzado a reaccionar con mayor atención, impulsada en buena medida por las gestiones persistentes de la República Dominicana y su gobierno. Primero se dispuso el envío de un contingente policial keniano de alcance limitado; posteriormente se avanzó hacia la aprobación de una fuerza multinacional más robusta, llamada a enfrentar el poder de las bandas y a respaldar la recuperación institucional haitiana.
En ese contexto, el miércoles 15 se produjo una señal importante: el primer ministro haitiano, Alix Didier Fils-Aimé, sostuvo una reunión con Gilles Michaud, subsecretario general de las Naciones Unidas para la Seguridad. El diálogo giró en torno al auge de los grupos armados y a las respuestas urgentes para contener su expansión.
La relevancia de ese encuentro radica en que el tema decisivo sigue siendo el despliegue efectivo de la fuerza internacional destinada a enfrentar a las bandas. Si dicha misión logra consolidarse, intensificar operaciones y devolver gradualmente el control territorial al Estado, Haití podría comenzar el camino hacia un calendario electoral y la reconstrucción de la normalidad democrática.
La segunda buena nueva llegó el viernes, cuando República Dominicana y Haití celebraron una reunión de alto nivel en la que acordaron trabajar para reabrir el transporte aéreo, facilitar la movilidad de personas, dinamizar el intercambio comercial y fortalecer los vínculos económicos y sociales entre ambas naciones, en un contexto regional que exige más cooperación y menos aislamiento.
El encuentro, encabezado por nuestro canciller Roberto Álvarez y la ministra haitiana de Asuntos Exteriores, Raina Forbin, se desarrolló en el marco de la Declaración Conjunta suscrita el 10 de enero de 2021 en Elías Piña por el entonces presidente haitiano Jovenel Moïse y el presidente Luis Abinader.
El diálogo, descrito como franco y constructivo, abordó asuntos prioritarios de la agenda bilateral: seguridad fronteriza, control migratorio y comercio. Son temas sensibles, pero inevitables, cuya atención responsable beneficia a ambos pueblos.
Buscando impresiones autorizadas, consulté a varias personas conocedoras del tema, entre ellas al experimentado ex cónsul y director ejecutivo de la Fundación Zile, Edwin Paraison, quien valoró positivamente el reinicio del diálogo bilateral y las señales orientadas al restablecimiento de los vuelos suspendidos desde septiembre de 2023.
Paraison entiende que este acercamiento responde a reclamos de diversos sectores a favor de una comunicación directa, constructiva y sostenida entre ambos gobiernos. Pero, con razón, advierte que el verdadero valor del gesto dependerá de que se traduzca en medidas concretas y en un plan de acción capaz de atender preocupaciones ciudadanas en materia migratoria, comercio y respeto a los derechos humanos.
A estas noticias se suma otra de gran importancia: la reforma ya en marcha del servicio diplomático y consular dominicano, orientada a ordenar, profesionalizar, fortalecer e integrar su funcionamiento.
Como medida central, la totalidad de los ingresos generados por servicios consulares será transferida a la Cuenta Única del Tesoro, garantizando un manejo centralizado de los recursos bajo estrictos criterios de control y supervisión estatal. Ello permitirá ampliar y abrir nuevos servicios donde la diáspora dominicana los requiera.
También puede representar una mejora significativa en la relación con Haití, históricamente afectada por décadas de desorden, informalidad y debilidad institucional en el manejo del flujo migratorio irregular a través de la frontera.
Nada de ingenuidades. Haití sigue atrapado en una crisis severa, y la solución dista de estar asegurada. Pero cuando la comunidad internacional se mueve, cuando el diálogo bilateral se reanuda y cuando nuestras propias instituciones se fortalecen, existen razones válidas para mirar el panorama con cautela, sí, pero también con esperanza y optimismo.

