
Tecnopolítica: un poder que aprendió a actuar silenciosamente
Mauricio ha sido consultor político de Leonel Fernández en camino y desde el poder. Otro tanto ha hecho con Luis Abinader. Es pues, un viejo conocedor de la política dominicana. De hecho, hay cien leyendas urbanas tejidas sobre sus aptitudes y lances. El Teletipo RD le ha solicitado una colaboración sobre el impacto de la tecnología de la comunicación en la política que, gentilmente, nos ha servido. Su colaboración es una pieza de alto vuelo, técnica, académica que será útil a nuestros lectores.
Por Mauricio De Vengoechea
El poder nunca avisa cuando cambia de forma. Cuando lo hace, ya es tarde para discutir si nos gusta o no.
Durante años lo buscamos donde siempre ha existido: en los discursos, en las campañas, en los parlamentos, en los líderes visibles.
Mientras tanto, el poder aprendía otra cosa. Aprendía a callar, a retirarse del centro de la escena, a operar desde lugares donde nadie le pedía explicaciones.
El poder no se volvió necesariamente digital. Se volvió ambiental. Como el clima, como la gravedad, como algo que está ahí, aun cuando no lo veamos.
Hubo un tiempo en que mandar implicaba exponerse, firmar, hablar, asumir el costo del error. Gobernar era una acción frontal.
Hoy el poder eficaz evita esa fricción, prefiere no dar órdenes, prefiere preparar el terreno para actuar.
El poder contemporáneo no empuja, inclina. No obliga, sugiere. No reprime, anticipa.
Y lo más inquietante de todo: logra que el obediente crea que fue él quien eligió. Eso es la tecnopolítica. No como herramienta, sino como forma madura del poder.
El error fue creer que la tecnología venía a ayudar a la política.
Nunca vino a ayudarla. Vino a reemplazar sus mecanismos más costosos. El debate, el conflicto, la negociación, el consenso. Todo eso lleva tiempo. Todo eso genera ruido. Todo eso desgasta.
La tecnopolítica es eficiente porque elimina la discusión sin eliminar la sensación de libertad.
No prohíbe, redirige. No censura, satura. No convence, repite hasta que la alternativa se vuelve invisible.
El poder descubre entonces algo fundamental: no hace falta ganar la discusión si se puede definir el marco de esta.
Durante siglos, ese marco lo definió el Estado. Con límites, con abusos, con resistencias, pero lo definía.
Hoy ese lugar está ocupado por sistemas que no se presentan como políticos, pero que deciden más que la política.
Infraestructuras. Plataformas. Algoritmos. Datos. No gobiernan formalmente, pero deciden qué circula, qué se amplifica, qué se olvida.
Hoy el Estado firma y el sistema condiciona. Y cuando el sistema condiciona, la decisión ya viene escrita.
En este nuevo escenario, el ciudadano deja de ser protagonista. No desaparece, se transforma. Se diluye. Se vuelve rastro.
El ciudadano piensa. El dato anticipa. La tecnopolítica no escucha opiniones. Sigue comportamientos. Observa hábitos. No pregunta qué creemos. Mira lo qué hacemos cuando nadie nos mira. Y en esa observación paciente encuentra una forma de control mucho más elegante que la coerción.
No necesita lealtad. Le basta con previsibilidad.
Los algoritmos son los nuevos administradores del silencio. Deciden qué merece atención y qué no. No censuran, relegan. No atacan, ignoran. Y en política, lo que no se evidencia, no existe.
Nunca en la historia del poder tantos influyeron tanto sin decir una sola palabra. No dan discursos. No prometen. No se justifican. Actúan y funcionan. Y ese funcionamiento produce efectos políticos reales: climas de opinión, indignaciones sincronizadas, olvidos colectivos.
El poder descubre así que no necesita relato propio si puede administrar el relato ajeno. La emoción se convierte entonces en la materia prima del mando.
No cualquier emoción. Las que mueven rápido. Las que no requieren explicación. Las que cierran el paso a la duda. En la tecnopolítica, el miedo ordena. La ira cohesiona. El resentimiento fideliza.
La tecnopolítica no busca ciudadanos convencidos. Busca emociones disponibles. Estados de ánimo listos para activarse cuando haga falta. La política deja de ser proyecto. Se vuelve administración de climas.
En ese contexto, la polarización deja de ser una anomalía. Se vuelve parte del paisaje. Dos bandos. Dos relatos. Dos verdades incompatibles. Nada intermedio. La polarización simplifica. La simplificación acelera. La aceleración reduce la reflexión y un ciudadano que no reflexiona es un ciudadano gobernable.
No hay caos en la polarización. Hay orden. Un orden áspero, pero funcional. El control ya no llega después del conflicto. Llega antes. La tecnopolítica gobierna en tiempo futuro. Predice, anticipa, corrige trayectorias antes de que se vuelvan problema.
El disidente no es reprimido. Es desactivado. Desviado hacia otras conversaciones. Saturado de ruido. Aislado sin darse cuenta. La vigilancia no vigila, clasifica. Y clasificar es gobernar.
En América Latina, este poder encuentra terreno fértil. Estados con reflejos lentos. Instituciones cansadas.
Ciudadanías emocionalmente expuestas. La tecnopolítica no introduce una anomalía: acelera lo que ya estaba ahí. La personalización del poder se vuelve natural.
La intermediación se evapora. La política se vuelve inmediata, cruda, sin amortiguadores. La tecnología no ordena el sistema, simplemente lo desnuda. La inteligencia artificial empuja el proceso un paso más allá.
La decisión deja de parecer decisión. Se disfraza de cálculo. De eficiencia. De inevitabilidad. “Los datos lo muestran.” “El sistema lo recomienda.” “No hay alternativa.” Cuando la política se presenta como técnica, el poder se vuelve incuestionable.
Porque discutir valores es posible. Discutir algoritmos parece inútil. Y ahí reside el mayor riesgo: no la manipulación, sino la naturalización. El poder nunca desaparece. Nunca se diluye. Nunca se vuelve bueno por sí solo. Cambia de forma, aprende, se adapta.
Hoy el poder no grita, susurra. Configura. Ejecuta. La tecnopolítica no pide permiso. No busca legitimidad. Produce resultados. Y como toda forma de poder que se vuelve paisaje, solo puede ser enfrentada cuando alguien decide volver a nombrarla. Porque al final, la pregunta no es tecnológica. Es brutalmente política.
En últimas ¿Quién crees que manda?

