
¿Qué se busca con tal grado de polarización?
Por Nelson Marte
El rechazo frontal de los partidos de oposición —liderados por Leonel Fernández y Danilo Medina— al plan de ajustes y recortes impulsado por el Gobierno para enfrentar los vientos inflacionarios y recesivos derivados de la guerra en Irán, añade un nuevo capítulo al clima de polarización política que ha caracterizado el comportamiento opositor desde la llegada de Luis Abinader y el PRM al poder.
Prácticamente el único tema en el que oposición y Gobierno han logrado coincidir ha sido el haitiano. Y no por casualidad. El firme posicionamiento nacional e internacional del Gobierno frente a la crisis haitiana ha dejado poco espacio para vacilaciones, en un asunto en el que los dominicanos consideran cualquier ambigüedad como traición a la patria.
Pero fuera de ese terreno común, la confrontación opositora ha sido casi absoluta.
Sin embargo, frente a una coyuntura internacional marcada por el alza del petróleo, las presiones inflacionarias y la incertidumbre económica global, la necesidad de construir consensos debería estar fuera de discusión. Las diferencias pueden existir —y son legítimas— en torno al cómo enfrentar la situación. Precisamente para eso sirven el diálogo y la concertación.

Ilustración de los expresidentes Leonel Fernández y Danilo Medina.
Eso es lo que el Gobierno ha planteado: discutir propuestas con los partidos, el empresariado y los distintos sectores sociales.
Mientras el sector empresarial ha reaccionado con prudencia, aportando sugerencias y observaciones, los principales líderes opositores han preferido desarrollar una campaña de rechazo total, descalificación y confrontación política. Y eso ocurre incluso después de que el Gobierno enviara comisiones económicas de alto nivel para explicar la necesidad de las medidas.
Los números ayudan a entender el problema.
El presupuesto de 2026 fue diseñado sobre la base de un petróleo cercano a US$64.9 por barril. Pero el crudo WTI —referencia para República Dominicana— ha oscilado en los últimos meses entre US$85 y US$90, llegando incluso a superar los US$100 en determinados momentos.
Cada dólar adicional en el precio del barril representa para el país alrededor de US$63 millones más en la factura petrolera anual, equivalentes a casi RD$4,000 millones adicionales de presión sobre unas finanzas públicas históricamente deficitarias.
Y aquí conviene recordar algo que a veces se omite en el debate político: el déficit fiscal dominicano no nació ayer.
Es una carga acumulada durante años y agravada desde 2012, cuando el propio Danilo Medina denunció haber recibido de la administración de Leonel Fernández “un maletín lleno de facturas” sin pagar.
A pesar de ese escenario, el Gobierno ha logrado mantener el déficit alrededor de 3 % del PIB, muy por debajo de los niveles extraordinarios registrados durante y después de la pandemia. El propio ministro de Hacienda y Economía, Magín Díaz, ha insistido en que la deuda pública ha disminuido en relación con el tamaño de la economía y que el gasto ha sido sometido a controles más estrictos.
Los indicadores económicos también muestran señales positivas en medio de un entorno internacional adverso. El crecimiento interanual del primer trimestre se situó en 4.1 %, mientras marzo cerró con un 5.1 %, cifras que reflejan resiliencia en una economía sometida a fuertes tensiones externas, indicadores de que las fuerzas productivas y las autoridades gubernamentales y monetarias han hecho el trabajo.
Frente a este panorama, surge inevitablemente la pregunta que solían formular los viejos editorialistas ante momentos de crispación nacional:
¿Qué se busca?
¿Contribuir a soluciones viables para proteger la estabilidad económica y social del país? ¿O alimentar un clima de deterioro permanente que erosione la gobernabilidad y proyecte una imagen de incertidumbre?
Porque la estabilidad dominicana no es un asunto menor. Ha sido precisamente esa estabilidad la que ha permitido al país consolidarse como uno de los destinos más atractivos de inversión y turismo de toda la región.
Resulta preocupante, por eso, escuchar voces que describen el momento nacional como “una tormenta perfecta”, casi como si desearan un escenario de colapso inminente.
La crítica política es legítima. La oposición es necesaria. Pero cuando toda propuesta oficial es rechazada automáticamente, aun en medio de una coyuntura internacional delicada, la línea entre fiscalización y obstrucción comienza peligrosamente a desdibujarse.

