¿Por qué alguien puede defender, justificar o incluso amar a quien le hace daño?

¿Por qué alguien puede defender, justificar o incluso amar a quien le hace daño?

La investigación clínica coincide en algo esencial: la víctima no permanece por debilidad moral, sino por complejos mecanismos psicológicos y neurobiológicos de supervivencia

He visto, de forma recurrente, cómo algunas personas buscan relaciones que las mantienen en alerta permanente: repiten patrones con parejas que descalifican, controlan o hieren.

Aun con estudios, trabajo, recursos y una vida aparentemente “resuelta”, permiten atropellos y falta de respeto. Desde la psicología, una de las preguntas más dolorosas es esta: ¿por qué alguien puede defender, justificar o incluso amar a quien le hace daño?

Durante años, el llamado “síndrome de Estocolmo” se usó para explicar este aparente sinsentido. El término surgió a raíz del asalto al banco de Norrmalmstorg, en Estocolmo (1973), cuando algunas personas retenidas reportaron empatía hacia sus captores.

Con el tiempo, la expresión se amplió para describir lazos intensos entre víctima y agresor en contextos como violencia de pareja, sectas, trata de personas o abuso en la infancia.

No es diagnóstico oficial; se entiende mejor como vínculo traumático: respuesta neurobiológica de supervivencia al abuso, reforzada por afecto intermitente.

La ciencia ha observado que el cerebro humano, ante amenazas prolongadas, puede desarrollar mecanismos de adaptación extremos.

Cuando escapar parece una proeza, el sistema nervioso intenta sobrevivir reduciendo el conflicto con el agresor.

El miedo, mezclado con pequeñas muestras intermitentes de afecto, genera una poderosa confusión emocional. La víctima comienza a interpretar mínimos gestos de amabilidad como señales de amor o seguridad.

Desde la neurobiología, esto se relaciona con la liberación de cortisol, adrenalina y dopamina. El ciclo de abuso y reconciliación produce una dependencia emocional semejante a procesos adictivos: dolor, alivio, esperanza y recompensa intermitente.

El cerebro queda atrapado buscando nuevamente el momento “bueno” de la relación. La investigación clínica coincide en algo esencial: la víctima no permanece por debilidad moral, sino por complejos mecanismos psicológicos y neurobiológicos de supervivencia.

¿Tiene relación con el trastorno narcisista?
A veces sí: en vínculos con rasgos narcisistas severos puede haber manipulación (gaslighting), control y alternancia entre idealización y devaluación, lo que fortalece el vínculo traumático.

Esto no significa que toda persona abusiva sea narcisista, pero ese patrón puede intensificar la dependencia emocional y llevar a la víctima a creer que debe “ganarse” el amor o que el abuso es su culpa.

Para sanar, suelen ayudar abordajes centrados en trauma como EMDR (reprocesa recuerdos dolorosos), terapia dialéctico-conductual (regulación emocional), terapias centradas en trauma y apoyo grupal (reduce aislamiento y culpa).

La Terapia Cognitivo Conductual (TCC) es especialmente útil para cuestionar ideas como: “sin esa persona no valgo”, “si cambio dejará de abusar” o “en el fondo me ama”, y para reconstruir autoestima, autonomía y una lectura más clara de la realidad.

10 claves para salir del ciclo:
Reconocer el abuso (aunque haya momentos “buenos”); romper el aislamiento; buscar terapia especializada en trauma; informarse sobre manipulación emocional; recuperar redes e independencia; dejar de justificar al agresor; sostener límites; trabajar autoestima e identidad; recordar que amor no es miedo ni control; y aceptar que sanar toma tiempo y puede haber recaídas emocionales.

Comprender estas formas traumáticas de vincularnos no busca romantizar el abuso, sino humanizar a quien quedó atrapado.

En contextos extremos, la mente hace lo necesario para sobrevivir, pero también puede sanar: con apoyo, tratamiento y límites, es posible reconstruirse y elegir relaciones basadas en dignidad, consideración y seguridad.

Así estamos en capacidad de estar en paz nosotros y proporcionar sosiego, contención y alegrías a las personas que amamos.

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