
Los hogares dominicanos, forzados a autoabastecerse
Por: Alejandro Santos
¿Será que los dominicanos forzosamente nos hemos acostumbrado a instalar en cada vivienda un sistema esencial de supervivencia para suplir las deficiencias de los servicios públicos?
La lista de recursos que necesitamos es larga: cisternas, tinacos y bombas para garantizar el agua; inversores, baterías y generadores para enfrentar los apagones; verjas, cámaras y alarmas para protegernos de la delincuencia. En algunos lugares, hasta la recogida de la basura requiere una solución particular.
Cada una de esas alternativas representa un gasto extra que se incorpora al presupuesto familiar.
Con ellas logramos sobrellevar las carencias, pero las causas que nos obligaron a buscar esas soluciones permanecen.
Tener agua almacenada no significa que se haya resuelto el abastecimiento, como disponer de un inversor tampoco significa que hayan terminado los apagones.
La falta de servicios públicos que funcionen adecuadamente sigue siendo una constante.
Se suceden planes y planes, se destinan recursos del presupuesto público y los resultados vuelven a ser los mismos.
Las esperanzas que siembran las promesas cada cuatro años se esfuman.
Ante la persistencia de esas deficiencias, cabe preguntarnos: ¿avanzamos, nos quedamos en el mismo punto o retrocedemos?
Si le preguntaran a cualquier dominicano qué problema quisiera que el país tuviera resuelto, probablemente se quedaría titubeando. No porque le falten motivos para responder, sino porque las necesidades acumuladas hacen difícil escoger una. Es posible que termine mencionando la que más le afecta en ese momento o la que mayor presencia tiene en los medios de comunicación.
Así nos pasa con frecuencia. Una tragedia nos conmueve, una interrupción de los servicios nos desespera y una dificultad económica nos obliga a concentrarnos en cómo llegar al final del mes.
El asalto a la vivienda del merenguero Julián Oro Duro, en el que fue asesinada su esposa y el artista resultó herido, vuelve a colocarnos frente al temor que provoca la delincuencia. Ante un hecho de esa naturaleza, la seguridad pasa al centro de nuestras preocupaciones y reclamamos una respuesta de las autoridades.
Cuando sufrimos apagones prolongados, entendemos que resolver el problema eléctrico debe ser la prioridad.
Si pasan varios días sin agua, nuestra atención se concentra en el abastecimiento. Y cuando la basura se acumula frente a las casas, exigimos que las autoridades municipales cumplan con su responsabilidad.
Todos esos reclamos son legítimos. La dificultad aparece cuando una nueva urgencia desplaza a la anterior sin que esta haya sido resuelta.
La delincuencia no desaparece cuando discutimos los apagones, ni la falta de agua se resuelve porque el costo de los alimentos concentre nuestra preocupación.
Es comprensible que reaccionemos con mayor intensidad ante lo que nos afecta directamente o nos conmueve.
Sin embargo, esa reacción necesita encontrar continuidad en las instituciones responsables de ofrecer respuestas.
El Estado debe tener capacidad para atender varias necesidades de manera simultánea. La seguridad, la electricidad, el agua y la recogida de basura requieren un trabajo permanente, independientemente de cuál de esos temas ocupe los titulares.
Cuando la gestión pública se concentra en responder a la presión del momento, corremos el riesgo de confundir los anuncios con las soluciones. Un operativo, una visita o una promesa pueden producir alivio y reducir las críticas, pero su verdadero valor depende de los resultados que permanezcan después.
También hace falta seguimiento ciudadano.
Con frecuencia exigimos una intervención inmediata, pero luego perdemos de vista los compromisos asumidos, los plazos anunciados y las explicaciones pendientes. En esas condiciones, resulta más fácil volver a presentar como nueva una solución que ya había sido prometida.
No se puede reprochar a las familias que busquen cómo resolver sus necesidades. Lo que debemos preguntarnos es hasta dónde esa capacidad de adaptación nos ha llevado a aceptar como normales deficiencias que deberían ser corregidas.
Acostumbrarnos a almacenar agua, producir electricidad o reforzar la seguridad de nuestras viviendas puede reducir algunas molestias.
También puede disminuir la presión para que los servicios funcionen, mientras quienes no tienen recursos para esas alternativas continúan padeciendo las carencias de manera más directa y más severa.
El país necesita continuidad en las soluciones y también en los reclamos.
La responsabilidad de las autoridades no termina cuando un problema deja de ser noticia, ni su gravedad disminuye porque aprendamos a soportarlo.
Mientras cada vivienda necesite su propio sistema esencial de supervivencia y cada nueva urgencia nos haga dejar atrás un reclamo pendiente, seguiremos conviviendo con las mismas deficiencias. Los problemas cambiarán de forma y de lugar en nuestras preocupaciones, pero seguirán presentes en la vida de los dominicanos.

