Seguridad médica y gestión de emergencias como pilares del desarrollo

Seguridad médica y gestión de emergencias como pilares del desarrollo

Lamentablemente, una vez más escribimos sobre estos temas después de una tragedia que ha golpeado al sector turístico. Como suele ocurrir, durante algunos días discutimos riesgos, preparación y respuesta. Luego, poco a poco, la conversación se desvanece, hasta que un nuevo evento vuelve a recordarnos la importancia de aquello que preferimos ignorar.

Pocos temas me competen más. Llevo 34 años dedicado a la medicina de emergencias, los desastres y la gestión de crisis. En ese tiempo he participado en proyectos de preparación y respuesta en más de una docena de países, y he observado cómo los destinos más exitosos del mundo manejan los riesgos que inevitablemente acompañan al desarrollo.

Una de las lecciones más importantes es que los países más resilientes no son los que están libres de problemas, sino los que son capaces de reconocerlos, discutirlos abiertamente y construir soluciones.

República Dominicana tiene una de las industrias turísticas más exitosas de América Latina. El turismo genera empleo, atrae inversión y constituye uno de los principales motores de nuestra economía. Precisamente por esa importancia, debemos entender que la seguridad médica, la preparación ante emergencias y la gestión de crisis no son temas secundarios: son componentes esenciales de la competitividad y la sostenibilidad del sector.

Mi interés no es nuevo. Tras el accidente de turistas italianos ocurrido en 2008, junto a numerosos colegas intentamos aportar ideas y experiencia para fortalecer la capacidad de respuesta del país. Como resultado, en 2009 desarrollamos, con apoyo de la Agencia Española de Cooperación Internacional, un programa para formar a 30 médicos dominicanos en emergencias y cuidados críticos en la Universidad de Barcelona. La justificación fue precisamente que fortalecer las capacidades sanitarias nacionales contribuía de forma directa a respaldar la creciente inversión turística española en el país. Tambien tras una serie de intoxicaciones por alcoholes adulterados en zonas turísticas, en 2009 establecimos, con el respaldo de la Organización Panamericana de la Salud (OPS), el primer Centro de Toxicología del país.

Es justo reconocer que en estas décadas República Dominicana ha logrado avances extraordinarios. He sido testigo de la consolidación del Centro de Operaciones de Emergencias (COE) como institución de referencia regional, de la organización de nuestro sistema nacional de gestión de riesgos, de la expansión de los centros de trauma, y el desarrollo del Sistema Nacional de Atención a Emergencias y Seguridad 9-1-1, hoy extendido a todo el territorio.

Son logros que debemos celebrar. Son evidencia de que, cuando el país identifica una necesidad estratégica y decide invertir en ella, es capaz de transformar realidades y salvar vidas.

Sin embargo, persiste una actitud que limita nuestro avance. Con frecuencia, cuando se plantean públicamente temas de emergencias médicas, intoxicaciones, accidentes, desastres o preparación sanitaria, la recomendación es la misma: “mejor no hablar de eso, porque afecta nuestra imagen”.

Creo exactamente lo contrario.

Las emergencias ocurren. Los incendios ocurren. Las intoxicaciones ocurren. Los eventos de víctimas múltiples ocurren. Ocurren en República Dominicana y ocurren en todos los grandes destinos turísticos del mundo.

La diferencia no está en la ausencia de riesgos. La diferencia está en la preparación.

Ignorar un problema no lo resuelve. Por el contrario, cuando los riesgos se reconocen y se estudian, se abren oportunidades para mejorar y reducir vulnerabilidades.

Por eso me preocupa percibir tan poco interés en aprovechar la experiencia acumulada de tantos profesionales dominicanos que desean aportar. Contamos con talento local e internacional de primer nivel, pero a menudo parece haber más disposición a evitar conversaciones incómodas que a construir soluciones duraderas.

En lugar de ver la seguridad médica y la gestión de emergencias como un gasto, debemos entenderlas como una inversión estratégica para el desarrollo nacional. Si el turismo es uno de los principales beneficiarios de un país seguro y resiliente, resulta razonable explorar mecanismos mediante los cuales una parte de los recursos que genera el propio sector contribuya al fortalecimiento continuo de los sistemas de emergencias, trauma, atención prehospitalaria, gestión de riesgos y respuesta a desastres.

No se trata de crear nuevas cargas innecesarias. Se trata de construir una visión de largo plazo en la que una pequeña porción de la riqueza que produce el turismo ayude a financiar capacidades que benefician tanto al visitante extranjero como al ciudadano dominicano, generando así la confianza necesaria.

Los destinos turísticos más exitosos del mundo no esconden sus vulnerabilidades: las identifican, las estudian y trabajan de manera constante para reducirlas.

Hablar de seguridad médica y gestión de emergencias no es una crítica al turismo dominicano. Al contrario, es una muestra de confianza en su futuro. Es reconocer que hemos avanzado mucho, celebrar lo logrado y, al mismo tiempo, aceptar que todavía podemos hacerlo mejor.

Si no hablamos de estos temas, nunca los vamos a resolver. Ignorar los problemas no los elimina; solo aumenta la probabilidad de que la historia vuelva a repetirse.

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