
“Toy Story” nunca habló de juguetes, habla de crecer
La película plantea una pregunta incómoda: ¿cómo encontrar un propósito cuando aquello que definía nuestra identidad desaparece?
Cuando Toy Story llega a los cines en 1995, parecía una historia sencilla: Un grupo de juguetes que cobraban vida cuando no los estaban observando, treinta años después podemos constatar que era mucho más que eso.
La primera película nos habló del miedo a ser reemplazados, Woody uno de los personajes principales descubre que ya no es el favorito cuando Buzz Lightyear aparece en la habitación de Andy. Una situación que, fuera de la pantalla, se parece demasiado a lo que podemos sentir cuando llega alguien más talentoso, más joven o simplemente diferente.
Años después, Toy Story 3 enfrentó el momento que toda una generación temía. Andy había crecido y los juguetes ya no eran necesarios. En este momento, la película plantea una pregunta incómoda: ¿cómo encontrar un propósito cuando aquello que definía nuestra identidad desaparece?
La despedida de Andy no solo marcó el final de una etapa para los personajes. También simbolizó el fin de la infancia para millones de espectadores que habían crecido junto a ellos.
Pero la saga todavía tenía algo más que decir.
La siguiente película nos habla del miedo al cambio, del temor a ser olvidados, de la dificultad de despedirnos, de aquella necesidad de reinventarnos y sobre todo, de aceptar que nada permanece igual para siempre. Por todo esto, vista en conjunto, la saga funciona como una conversación sobre la vida.
Porque quizás la gran lección de Toy Story nunca tuvo que ver con juguetes, tenía que ver con nosotros, con que crecer implica despedirse una y otra vez de personas, etapas y versiones de nosotros mismos.
Pero de igual forma, entender que nada de eso desaparecerá del todo, los recuerdos continuarán con nosotros incluso después de haber guardado nuestros juguetes en una caja.

