
¿Cuándo advertí que empezaba a envejecer?
Por Nelson Marte
Por clases de biología, zoología e historia recibidas en el liceo General Antonio Duvergé, en Honduras, aprendí que se empieza a envejecer —y a morir— desde que se nace.
Pero uno olvida pronto esa sentencia y se lanza a vivir como si la juventud fuera eterna. Como si el paso del tiempo no condujera, inevitablemente, hacia la tercera edad y, más adelante, a la recta final.
Primera señal
Andaba yo a mitad de los cuarenta. No había señales de salud quebrantada ni indicios que me hicieran dudar de que disfrutaba de plena juventud.
Un día, mientras recorría el largo pasillo de la casa materna —de la entrada al patio—, me agaché para recoger una funda plástica y guardarla en el bolsillo. Al dar el siguiente paso, me detuve: “¿Y esto? ¿Para qué recojo esta funda?”
Entonces caí en cuenta: para guardar, ese oficio de gente mayor, o de quien empieza a asomarse a ese umbral.
Segunda señal
En las guaguas comencé a notar que los cobradores me abrían paso con deferencia:
—¡Venga, papá, por aquí!
Al principio recibía el gesto con desdén, como si fuera una exageración. Con el tiempo entendí que no era condescendencia, sino simple cortesía hacia un hombre al que los años empezaban a caerle encima más rápido de lo que él mismo quería advertir.
Luego vino el trato preferente en los bancos. Y eso, debo decirlo, tenía su encanto: ¿a quién no le gusta ahorrarse una fila interminable?
También cambió la mirada del otro sexo.
Aquellos cruces de complicidad juvenil quedaron atrás. Ahora, las únicas miradas amorosas son las de mi mujer y mis hijas.
Y, sin embargo, hay algo que disfruto profundamente en esta etapa —ya llegando a 78 años—: la frecuencia con que me descubro riéndome de mí mismo.
Sonrío, en una especie de autocrítica ligera, cuando advierto algún error tonto o una distracción evidente. Son momentos —diría Serrat— en que el alma conversa consigo misma.
Bueno… ahí vamos.
A la vejez no podemos esquivarla. Lo sensato es asumirla como un estado natural y, con las previsiones de lugar, vivirla lo mejor posible.
Porque, como dice mi amigo, el artista y filósofo Yoni Cruz:
“Por mucho que brinques, saltes o patalees, de esta vida no sales vivo”.

