
La confianza en el transporte se construye cada día
Por Deligne Ascención Burgos
Hoy quiero escribir desde mi rol de coordinador del Gabinete de Transporte, porque me corresponde dar seguimiento directo, junto a las instituciones involucradas, a cada situación que impacta la movilidad en nuestro país. Por eso, cuando una incidencia afecta el sistema, no la observo como un hecho aislado ni como una simple falla operativa. La asumo como una señal que nos obliga a revisar, corregir y fortalecer la capacidad de respuesta del Estado ante un problema estructural que el país ha padecido durante décadas.
Cuando se interrumpe un servicio de transporte masivo, no se afecta solamente una operación técnica. Se altera la rutina de miles de personas: del trabajador, del estudiante, de la madre de familia, del ciudadano que espera orden, eficiencia y respeto por su tiempo. Por eso, este tema no debe abordarse desde la ligereza ni desde el ruido, sino desde la responsabilidad que exige un sistema vital para la ciudad y para la vida diaria de la gente.
Un sistema de transporte no se mide solo por las obras que exhibe. También se mide por la confianza que transmite. Ahí está su verdadera prueba. Porque una obra pública no termina el día que se inaugura; desde entonces comienza el reto de sostenerla, mejorarla y garantizar que funcione con eficiencia.
La República Dominicana ha dado pasos firmes en la transformación de su movilidad. El Metro, el Teleférico, los corredores de autobuses y la articulación institucional alrededor de una política pública común forman parte de una visión moderna que hoy impacta de manera directa la calidad de vida de la población. Pero también hay que decirlo con honestidad: cuando un sistema crece, también crecen sus exigencias. A mayor expansión, mayor demanda. Y a mayor demanda, mayor presión sobre la operación, el mantenimiento, la integración tecnológica y la capacidad de respuesta.
Por eso, cada situación que genera preocupación debe servirnos para revisar lo que haya que revisar, corregir lo que haya que corregir y fortalecer lo que ya hemos construido. Gobernar no es solamente hacer obras. Gobernar también es cuidar que esas obras funcionen bien y respondan a las exigencias de una sociedad cada vez más dinámica.
Esa es, precisamente, una misión de Estado y, de manera particular, un compromiso de este gobierno: garantizar a la ciudadanía un servicio de transporte cada vez más eficiente, más seguro, más digno y más confiable. Ese es el compromiso que asumimos y ejercemos desde el gobierno, conscientes de que la movilidad forma parte esencial de la calidad de vida de nuestra gente.
Desde el Gabinete de Transporte trabajamos con esa visión. Nuestra responsabilidad es coordinar, integrar, anticipar y dar seguimiento. Es asegurar que la respuesta del Estado tenga dirección, coherencia y sentido de prioridad. Porque la movilidad no es un tema accesorio: tiene que ver con productividad, orden urbano, acceso al trabajo, educación, salud y bienestar social.
En los últimos días, el país ha sido estremecido por hechos vinculados al tránsito que han generado legítima preocupación ciudadana. Accidentes de alto impacto, episodios de violencia tras incidentes menores y situaciones en las que el irrespeto a las normas ha terminado en tragedia nos obligan a mirar la movilidad desde una perspectiva más amplia. No se trata solo de transportar personas con eficiencia; se trata también de garantizar que la vía pública sea un espacio de orden, seguridad y convivencia.
En ese contexto, el comportamiento de una parte de los motoristas y usuarios de motocicletas merece una atención seria, firme y responsable. No para estigmatizar a quienes trabajan honradamente cada día sobre dos ruedas, sino para dejar claro que ningún ciudadano, ningún conductor y ningún sector puede estar por encima de la ley. Respetar un semáforo, circular por la vía correcta, evitar la conducción temeraria y responder ante las consecuencias de una infracción no son exigencias extremas: son mínimos indispensables para proteger vidas.
La autoridad democrática no puede ser indiferente frente al desorden vial. Ordenar el tránsito no es perseguir a nadie; es proteger a todos. Y cuando una infracción, una imprudencia o una reacción violenta puede costar una vida, el Estado tiene el deber de actuar con firmeza, equilibrio y sentido de responsabilidad.
La confianza no nace de negar los problemas. Nace de asumirlos, explicarlos con claridad y trabajar para corregirlos. Esa es la diferencia entre reaccionar a una coyuntura y ejercer liderazgo. Y ese debe ser siempre el camino.
Desde el Gabinete de Transporte estamos prestando atención directa a esta realidad y coordinando con las instituciones responsables nuevas medidas para fortalecer la fiscalización, modernizar el sistema de sanciones, ampliar la capacidad operativa del Estado y asegurar que el incumplimiento de la ley tenga consecuencias reales. La movilidad segura no se construye solo con infraestructura; también requiere autoridad, formación, tecnología y responsabilidad ciudadana.
La movilidad segura no se decreta: se construye con autoridad, con decisiones y con la firme determinación de hacer cumplir la ley.
Artículo publicado originalmente en el hoy.digital

