Viviré entre robots

Viviré entre robots

Por Juan Carlos Guerra

Hace algún tiempo decidí enfrentar una experiencia que, en República Dominicana, roza el deporte extremo: ir al cine un sábado en la tarde. La película era The Wild Robot. No me interesaba tanto como entretenimiento, sino por la promesa implícita de reflexionar sobre un futuro que ya comenzó: la convivencia entre seres humanos y robots humanoides.

La premisa era extraordinaria. Un robot diseñado para asistir humanos cae accidentalmente en una isla habitada únicamente por animales. Obligada a adaptarse a un entorno para el que no fue creada, la máquina aprende nuevos códigos, interpreta nuevas dinámicas y desarrolla vínculos afectivos con la fauna local. Era una idea cargada de posibilidades filosóficas: identidad, conciencia, adaptación, inteligencia artificial y los límites emocionales de las máquinas.

Pero Hollywood, una vez más, eligió el camino más cómodo.

La película termina refugiándose en una fábula sentimental diseñada para enternecer, evitando casi siempre las preguntas verdaderamente inquietantes que su propia premisa insinuaba. Todo está construido para provocar emoción rápida, no reflexión profunda. Y ahí reside mi frustración con buena parte del cine contemporáneo: su creciente miedo a incomodar intelectualmente al espectador.

Ilustración de ChatGPT creada por el editor para este artículo.

Ilustración de ChatGPT creada por el editor para este artículo.

Mientras el bullicio habitual de la sala recordaba que muchas personas asumen el cine como una extensión del centro comercial, mi mente comenzó a desplazarse hacia otro lugar: el mundo que esta película pudo explorar y decidió evitar.

Porque la gran pregunta ya no es si conviviremos con robots humanoides. La verdadera pregunta es cómo.
En las próximas décadas veremos robots diseñados no solo para obedecer órdenes, sino para interpretar emociones, anticipar necesidades y tomar decisiones autónomas en tiempo real.

Y con ello llegarán dilemas mucho más complejos que las clásicas rebeliones de máquinas del cine. ¿Qué ocurrirá cuando un robot encargado del cuidado de un anciano cometa un error fatal? ¿Quién será responsable? ¿Cómo evitaremos que estas máquinas sean hackeadas y utilizadas para espionaje, crimen o violencia?

Confieso, además, que hay una parte de ese futuro que me seduce profundamente. Imagino mi vejez acompañado por máquinas que resuelvan las pequeñas molestias de la cotidianidad mientras yo dedico mi tiempo a leer, escribir, viajar y pensar.

Pero junto a esa fascinación aparece inevitablemente la inquietud: ¿qué ocurrirá cuando las máquinas no solo ejecuten nuestras órdenes, sino que comprendan mejor que nosotros mismos nuestros hábitos, deseos y debilidades?
Sospecho que todavía no estamos preparados para responder esa pregunta.

 

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